Al entrar en la biblioteca me he dicho a mi misma, no entres predispuesta a la tristeza. Entra sin pensar, deja que los sentimientos te hablen a ti y no al revés. Al principio no he sentido nada. Pero unos pasos después, el olor mezcla de libros, sudor y permufes, introduce en mi el primer atisbo de pena, después, las mesas de pálida madera deciden no posar indiferentes a mis ojos. Y al sentarme, empujada por la necesidad de recoger mis pedazos, en una esquina apartada y oculta, me doy cuenta de que el gesto matutino de dejar los apuntes sobre la mesa y la mochila en el suelo, también me producen una melancolía que ojalá fuera imaginaria.

Podría definir mi estado de ánimo con muchas palabras. Miedo, apatía, ... miedo a la apatía, y apatía ante el miedo. No somos más que lo que dejamos ver de nosotros, o si? ¿Qué dejo yo ver de mí? Qué me llena y qué no me llena? No tengo ganas de hacer nada, ni siquiera de dormir que es la nada más absoluta.

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