Con cierta impaciencia sacudí mi cabeza con mis manos, a ver si asi caían lágrimas de una vez, pero no había forma, no había manera de conseguirlo. No iba a llorar esta noche. Por muchas cartas que leyese o por muchos recuerdos que explotase, esta noche iba a ser de esas que parecen interminables pasillos. Algunos los atravieso corriendo, o silbando. Otros, esos largos y amplios con baldosas frías de color blanco, vagamente iluminados por las luces de la calle, esos que conducen al baño las noches frías de invierno, esos, me dan miedo, pero voy despacio, cuidando de no despertar al fantasma que duerme, seguramente, cerca de allí.
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